El capitán Ahab contra Celestina o el libro como personaje en el cine

Siempre me ha llamado la atención que en muchas películas estadounidenses –y en lengua inglesa en general– se asomen personajes o historias de su literatura, bien porque un personaje tiene como libro de cabecera a uno de estos clásicos –y por tanto se habla del libro o sus personajes– o, especialmente, porque hay una relación más o menos explícita entre la trama de la película y la historia literaria. Es decir, no me refiero a adaptaciones cinematográficas de estas obras, sino a películas en las que se barrunta, como al trasluz, la anécdota, la trama o los personajes de un texto más o menos clásico o ampliamente conocido, creando un paralelismo con la historia cinematográfica para que sea percibido por el espectador.

El capitán Ahab, la propia Moby Dick, Santiago de el Viejo y el mar, o diversos personajes y peripecias de las obras de Shakespeare o Dickens, por citar solo los más concurridos, se vislumbran así en muchas películas. Pero no solo en películas independientes o que pudiéramos calificar de «intelectuales» construidas precisamente sobre múltiples referencias culturales, sino que es muy frecuente en películas comerciales dirigidas a un público amplio. Por ejemplo, en una película tan rematadamente mala, violenta y palomitera como la última de Denzel Washington, The Equalizer (El protector), nos encontramos una vez más con El viejo y el mar, tanto como presencia física del propio libro en la película como igualmente trasunto y metáfora del personaje y de la propia historia.

Precisamente Hemingway en general y El viejo y el mar en particular son referencias muy recurrentes en el cine norteamericano hasta el punto de que a veces cansa su continua aparición, repetición en la que quizá solo le gana el capitán Ahab. Pero lo cierto es que el que el cine más comercial haga referencia frecuente a estos libros es sin duda porque guionistas y directores saben que esos libros son conocidos por sus espectadores, no solo porque son lecturas probablemente obligatorias o muy frecuentes en su sistema escolar, sino porque son considerados clásicos y tratados como tales, es decir, conforman una mitología que les permite expresar inquietudes y anhelos o ejemplificar lo que consideran su propia idiosincrasia como sociedad.

También es verdad que no solo echan mano de «sus» clásicos, sino que también abundan –aunque con menor frecuencia– referencias a los clásicos universales, incluido nuestro don Quijote que, aunque es inevitable vislumbrarlo en las parejas dispares que tanto abundan en el cine y que son la continuación de una larga tradición que Cervantes no inventó, pero sí consiguió plasmar con mayor verdad y vida; también aparece claramente en la radiografía de muchos personajes. Por ejemplo, en una pequeña película como Un amigo para Frank el trasunto del protagonista como Quijote –y por otro lado el robot que le ayuda cuando retoma sus correrías de ladrón, como Sancho– es tan evidente que no necesitan explicitarse más en la película. Hay mucho más en la trama que refleja la obra de Cervantes, pero no es cuestión de destriparla: mejor verla.

En el cine español, en cambio, no es tan fácil encontrar esta relación con nuestra literatura. Sin duda, don Juan o don Quijote aparecen mencionados a menudo, pero ese mismo tipo de presencia literaria como paralelismo con la historia de la película, ese juego de espejos, por otro lado tan cervantino, creo que es mucho menos frecuente en nuestro cine. Y es verdad que por volumen y por imposición en salas y en televisión, el cine americano tiene la posibilidad de mostrarnos un despliegue mayor de registros y por tanto es más fácil encontrar este tipo de referencias, pero si recordamos algunas de las películas españolas de los últimos años –adaptaciones literarias al margen– no es fácil encontrar esta misma simbiosis entre cine y literatura. Y no es, desde luego, porque no tengamos personajes que se han convertido en arquetipos universales –precisamente, don Juan y don Quijote son ya mitos casi más recreados en la cultura de otros países que en la nuestra propia–, sino que debe de ser otra la razón. Y eso es lo que me preocupa.

Me preocupa, por ejemplo, que el espectador español tenga menos referencias literarias que permitan precisamente un uso tan claro de los clásicos en nuestro cine. ¿Utilizan los americanos al capitán Ahab o Santiago como trasuntos en sus guiones porque saben que los espectadores los van a reconocer fácilmente mientras que nosotros no nos atrevemos a utilizar de la misma forma a Melibea, Bernarda Alba o Ana Ozores temiendo que la referencia pase desapercibida? ¿O por el contrario es que donde falta formación o interés por la literatura es en los propios directores y guionistas españoles?

En cualquiera de los dos casos, ¿es por que en el sistema educativo anglosajón dan más importancia a la enseñanza de la literatura y sus clásicos de la que le damos aquí? Y en particular, ¿tiene la literatura mayor relevancia en la formación de profesionales del cine en Estados Unidos que en España? No sé si afecta que en Estados Unidos existan grados en escritura de guion en las universidades y en España la formación de guionistas se centre en cursos que se imparten en academias. Lo que si se aprecia, incluso en las propias historias de actores en las películas, es que Shakespeare es fundamental en la formación actoral en el mundo anglosajón lo que indica que, al menos de esta forma, el mundo de la interpretación tiene una relación intensa con la literatura clásica, mientras que en España la influencia de Calderón, Lope o Tirso en los actores parece muchísimo menor. Quizá que en la cartelera teatral española haya tanto eco de las comedias televisivas más chabacanas sea un síntoma que la misma enfermedad.

La presencia de Charles Dickens en tantas películas –insisto en que no me refiero a las adaptaciones de sus obras, que ese es otro tema, sino a la presencia del autor, la obra, o el paralelismo con alguna de las tramas en la película– contrasta con la ausencia de, por ejemplo, Galdós en nuestro cine –y no hablo de adaptaciones, pues precisamente de la obra de Galdos hay decenas y algunas excelentes–. Por ejemplo, recientemente he visto Mr. Pip en donde Grandes Esperanzas –otro de los clásicos que tanto se repiten en el cine anglosajón, porque en este caso la producción es neozelandesa– es fundamental en la película y no en vano un personaje del libro le da título.

Asimismo, que una obra del siglo XVIII como los Viajes de Gulliver tenga a su vez tanta presencia en el mundo anglosajón –saliendo del mundo del cine, el propio Yahoo le debe su nombre– y sea ampliamente conocida –y supongo que algo leída– y versionada, contrasta igualmente con la nula presencia que en nuestro cine tiene toda la riquísima literatura española del siglo XVII llena de aventuras, transformaciones, personajes picarescos y enredos de todo tipo y, sobre todo, rezumante de sátira social en la misma medida o más que la obra de Swift.

Quizá todo entronque también con que los estudiantes de secundaria y bachillerato cada vez leen menos obras clásicas pues hace años que la tendencia es a sustituirlas por obras “juveniles” de nueva creación. Evidentemente esto viene motivado tanto porque se ha rebajado –en algunos aspectos– el nivel que se espera de los estudiantes –si tratamos como niños a la propiedad sociedad adulta, imaginémos cuál es el trato a los niños y adolescente desde hace algunos años– y por otro el que las editoriales y los nuevos autores necesitan también vender libros. Ignoro si la misma inclinación se ha producido en la educación anglosajona, aunque sospecho que no, o desde luego no tan acentuadamente. Resulta significativo que mi hijo haya leído más clásicos adaptados en inglés para la asignatura de lengua extranjera que clásicos en español. Lo que está claro, por tanto, es que los jóvenes en España quizá tengan un conocimiento cada vez más reducido de nuestra literatura clásica, y uso clásico no para referirme a un período concreto, sino para referirme a toda la literatura que ha superado con creces la prueba del tiempo.

Sinceramente, no creo que Baroja, Unamuno, Lorca o Valle-inclán, por citar solo a autores del siglo XX, hayan creado historias o personajes de menor valor universal que Hemingway, pero está claro que, incluso en nuestro país, tienen una menor difusión y sobre todo una menor recreación en el imaginario colectivo que es a lo que precisamente contribuye de forma tan importante el cine por su amplia difusión y que es lo que echo de menos, porque es un síntoma de que falta en la sociedad española esa apropiación, esa absorción de la literatura clásica como reflejo de valores, ideas, sentimientos compartidos que sí que parece haber en el mundo anglosajón, al modo en que en otro tiempo los mitos cumplían ese papel.

Además, el cine y, especialmente, la televisión pueden contribuir en gran medida a la difusión de la literatura y sin embargo, rara vez lo hace. Por ejemplo, en las series de televisión cuando más aparecen los libros es acompañando a los personajes en edad escolar y son libros de texto (y el libro de texto es al libro lo que la música militar es a la música, ya lo sabemos). Si un personaje lee, es precisamente para caracterizarlo como un personaje aislado o marginado, o bien como un friki –sobre todo si lee cómic–, es decir, la lectura no aparece en la ficción televisiva como una actividad habitual. Por eso cuando aparece alguien leyendo llama la atención. Por ejemplo en la serie Sangre fresca (True blood) uno de los personajes principales se nos presenta ya en el primer episodio con un libro en las manos y es nada más y nada menos que la Doctrina Shock de Naomi Klein. Muy significativo. Pero es un caso aislado, en la ficción televisiva se lee poco, los libros aparecen más como decoración y desde luego las referencias a la literatura son excepcionales.

Cuando en una serie española sí aparecen libros con frecuencia y se produce esa simbiosis u ósmosis entre el cine y la literatura nos damos cuenta claramente del efecto favorable que supone. Es lo que ha sucedido en la primera temporada –y espero que en la segunda– de El ministerio del tiempo que ha llevado a Lope de Vega y a Lázaro de Tormes a ser Trending Topic en twitter. Esta serie es un ejemplo de la importancia de la presencia de la literatura en la ficción cinematográfica y televisiva para incentivar la lectura. Por ejemplo, me comentaba en twitter una madre que su hijo de trece años después de ver el episodio en el que aparece Lázaro de Tormes le había pedido leer El lazarillo.

No se desea lo que no se conoce, ni tampoco se desea lo que no se presenta como atractivo, y la literatura y los libros o no abundan mucho en series y películas o cuando aparecen no son desde luego atractivos. Yo no habría leído en la adolescencia Las almas muertas de Gogol si no fuera porque era el libro favorito del personaje Simone Foster de la serie Los primeros de la clase (y sí, salían libros, pero fíjense en el nombre de la serie), y es de suponer que este fenómeno de retroalimentación entre cine y literatura se dará en el mundo anglosajón cuando estos clásicos aparecen tan a menudo en sus ficciones audiovisuales. No parece muy raro, por tanto, que un adolescente quiera leer a Dickens o El viejo y el mar después de ver una película que le haya gustado en la que aparezcan de forma tan relevante.

¿Nos falta en España esa retroalimentación con nuestra literatura en nuestro cine, en nuestras series? Parece que sí, pero es en realidad un reflejo de que la propia sociedad, en general, tiene relegada la literatura, y más aún la literatura menos actual. Parece que tenemos olvidados a nuestros clásicos: en España, Cervantes tiene más calles que lectores.

Si bien es cierto que la lectura de El Quijote por un niño de catorce años puede ser una aberración, no es menos cierto que ¡afortunadamente! nuestros clásicos no se limitan a Cervantes o al Poema del Mío Cid, sino que tenemos muchísimos textos clásicos que disfrutar con la adecuada orientación del profesor. Lecturas como La Celestina que puede parecer difícil se torna bastante interesante para los chicos cuando se les cuenta realmente de qué va, o sea, de amor, sexo y muerte, y que en el fondo lo que encontrarán en sus páginas es una especie de Tres metros sobre el cielo con la pátina de los siglos y la peculiaridad del mundo hispano y, sobre todo, escrita por la pluma de un genio como Fernando de Rojas que no está suficientemente elevado a los altares de la literatura universal.

Los clásicos son aquellas obras cuyo mensaje sigue vigente a pesar del paso de los siglos, por eso darles la espalda no tiene ningún sentido.

Y para acabar no me resisto a compartir esta divertida escena de El lado bueno de las cosas donde, ¡cómo no!, aparece Hemingway, aunque resulte mal parado:

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Utópica televisión

¿Qué pensarían de una televisión que en su horario de máxima audiencia -lo que en la jerga se denomina «prime time» y en España cada vez se acerca más a la hora de las brujas- emitiera, por ejemplo, documentales, teatro clásico, películas de la Nouvelle vague, o series basadas en clásicos de la literatura? Seguramente pensarían que se trata de la descripción de una utopía, de un deseo que difícilmente se hará realidad o incluso de un sueño. Pero lo cierto es que, en cierta medida, esa televisión ha existido y algunos lectores quizá la han reconocido porque hemos sido muchos los que la hemos disfrutado ya que era la televisión con la que crecimos en España.

Y es que cuando yo era niño -allá por la segunda mitad de los años 70 del pasado siglo- y solo disponíamos de dos canales de televisión -que siguieron siendo en blanco y negro en muchos hogares aunque ya a partir de 1978 se emitiera en color- nos reuníamos después de cenar a ver, nada más y nada menos, que un documental sobre naturaleza. Al fin y al cabo no era otra cosa El hombre y la tierra de Félix Rodríguez de la Fuente. Una excepción, pensarán muchos porque en la televisión actual los documentales de esa naturaleza -permítaseme la redundancia- están confinados a la hora, también tan española, de la siesta. Pero no se trata solo de que en aquellos tiempos un programa como ese encandilara a la audiencia, sino que quizá no he visto más cine clásico en mi vida que el que vi en aquellos años y recuerdo cuando contaba 13 y 14 años los largos ciclos dedicados a directores fundamentales de la historia del cine como los que se ocuparon por ejemplo de François Truffaut, Roberto Rossellini o incluso Ingmar Bergman. Y hablo de la primera cadena, no de otros ciclos como los dedicados a Tarkovski que en esos mismo años se emitía también, pero en La 2 y a horas más atrevidas. Cine clásico -no daba entonces miedo el blanco y negro, como hoy que se excluye de muchos canales solo por ese motivo- y cine de grandes autores de la cinematografía universal era el que entonces podía verse con cierta frecuencia en los dos canales de televisión de los que disponíamos.

También recuerdo de aquellos años ver mucho teatro clásico en la tele -algo seguramente impensable para los muchachos de esa misma edad en 2014- porque cuando se emitía Estudio 1 no dejamos de pegarnos a la tele para ver clásicos de Lope, Calderón, Shakespeare, Chejov o Ibsen. En aquellos años estas obras de teatro se emitían en el horario de máxima audiencia, y ya casi acabando los 80 recuerdo reposiciones de estas obras también en la hora de la siesta en vez de los típicos culebrones que proliferaron un poco después.

Tampoco eran raros los debates en los que los contertulios no solo tenían algo que decir sino que además podían decirlo sin ser interrumpidos durante largos minutos en los que argumentaban sus posiciones. Parece algo también impensable en los debates de hoy. Se trataban, además, temas interesantes hoy seguramente excluidos del ámbito televisivo, como nada más y nada menos que el Marxismo o el Anarquismo. Busquen, si no me creen, en YouTube alguno de los debates de La Clave y sorpréndanse al ver al contertulio expresar sus ideas en largos minutos ante el silencio respetuoso del resto de participantes (En RTVE a la carta pueden verse algunos de estos programas completos, desgraciadamente, muy pocos). En esos debates de lo que se trataba era claramente de definir ideas, discutirlas y llegar a conclusiones, y no solo tirarse tópicos y trastos a la cabeza a base de gritos y sandeces. No es casualidad que, al cerrarse el programa, se presentara en pantalla bibliografía -¡Bibliografía, señores!- del tema tratado. Hoy día, un programa como Millennium intenta, sin duda, seguir los pasos de aquel programa, pero se emite a la 1 de la madrugada, lo cual indica cómo se relegan este tipo de programas.

También entonces muchas series adaptaron textos literarios como la Fortunata y Jacinta de Galdós, El Pícaro de Fernando Fernan Gómez, o Los gozos y las sombras de Torrente Ballester. Fenómeno que todavía en el año 1990 nos trajo Los jinete del alba, El obispo leproso, o la magnífica La jorja de un rebelde de Arturo Barea.

¿Y adónde quiero ir a parar con este ejercicio de nostalgia televisiva? Pues a preguntarme si realmente los espectadores de los años 70 y primeros 80 eran realmente más inteligentes, más sensibles o más despiertos que los de hoy día. ¿Qué ha pasado? ¿Éramos más listos hace 30 años? ¿Quizá es que Google nos ha vuelto estúpidos como planteaba Nicolas Karr? Creo que no, que -al menos en este caso- nosotros los de entonces, seguimos siendo los mismos.

Pero comparada esa televisión (evidentemente estoy obviando otros contenidos más «comerciales» que también se daban) con la que tenemos hoy, da la sensación de que los espectadores tenían más interés por contenidos culturales que ahora. Pero es que también sucede algo parecido con los libros. No hace mucho, Luis Alemany comparaba los best-seller de hoy con los de los años 80 destacando que entonces los autores eran de una «calidad» al menos distinta de lo que hoy copan la lista de más vendidos.

Puede que en los años 70 y 80 hubiera un hambre de cultura, de ponerse al día, por venir de donde veníamos, quizá mucho mayor que el que podamos tener hoy pero no es esa la cuestión que me interesa, sino el constatar que frente a quienes creen que es el espectador o el lector el que rehúsa esos contenidos, lo que yo creo es que el que hoy día no se vean esos contenidos no es porque el espectador no los quiera ver sino por un motivo mucho más sencillo: no los emiten.

Es, claro está, un círculo vicioso: tomar por tonto al lector, lo entontece. De la misma forma que los programas para niños que tratan a los niños como tontos generan niños tontos -no hemos hablado de la estupenda La bola de cristal, un programa para niños que no los/nos trataba como a idiotas, o El planeta imaginario-; generar programas de televisión y literatura para tontos nos convierte en tontos. No es que la gente demande tontería, sino que los productores se han empeñado en generar tontería porque evidentemente resulta más fácil de «fabricar» y «consumir».

Cuando en televisión se emitía Yo, Claudio, lo veíamos; cuando se representaba a Lope de Vega, lo veíamos; cuando nos explicaban cómo caza el lince ibérico, lo veíamos. Entonces ¿porque ahora no vemos Yo, Claudio, Lope de Vega o la vida del lince ibérico? Muy sencillo… porque no lo emiten.

Es verdad que también teníamos el Un, dos, tres o los Hombres del Harrelson y que seguramente no hay mucha diferencia entre el Curro Jiménez de entonces y el Águila roja de ahora, pero en proporción el nivel cultural de la televisión de los 70 y 80 era muy superior al actual donde se han multiplicado los canales y la estulticia. Para comprobar que la llegada de las televisiones privadas en los 90 no trajo ni en realidad más diversidad ni mucho menos más calidad-¡ay, la vieja falacia de a más diversidad, más calidad- sino mediocridad no hace falta recordar a las mamachicho. A pesar de tener solo dos canales, la apuesta por ofrecer entretenimiento pero también cierta calidad y contenido cultural es lo que se echa en falta en la televisión de hoy con respecto a la de entonces. Hay que recurrir -al margen del oasis que sigue siendo afortunadamente La 2– a canales digitales para encontrar apuestas por documentales o cine clásico; y por supuesto a ese otro oasis que ha venido a ser internet.

La pregunta trasladada al mundo del libro es por qué no leemos a autores de cierta calidad y sí a mediocres autores de bestseller. Quizá porque el autor de calidad si está en la librería está bastante escondido en un estante, mientras el otro tiene pilas de libros en todas las librerías e incluso marquesinas de autobús para anunciarse. No es que ahora se escriba mal o se lea peor, lo que sucede es que todo se ha convertido en consumo y como mercancía de consumo se vende. Y en vendernos milongas, esta gente sabe un rato.

Pero a la gente sí que le gusta la cultura, el problema es que no lo saben porque no la encuentran fácilmente. Pero está claro que otra televisión es posible porque ya ha existido y la hemos disfrutado.