La insoportable necesidad del pinche tirano

Respice post te, hominem te esse memento.
Mira tras de ti. Recuerda que eres un hombre.

Hace muchos años oí hablar por primera vez del pinche tirano gracias a una persona cercana que me recordaba a menudo que la «importancia personal» no tiene, valga la redundancia, tanta importancia. Para quien no lo conozca, el pinche tirano es un concepto de Carlos Castaneda, curioso antropólogo (y auténtico chamán para algunos) que escribió sus experiencias o invenciones -o ambas cosas- en una colección de libros muy leídos en el pasado siglo.

En uno de estos libros, El fuego interno, en diálogo con su maestro, don Juan, nos indica qué es un pinche tirano:

Un pinche tirano es un torturador –dijo-. Alguien que tiene el poder de acabar con los guerreros, o alguien que simplemente le hace la vida imposible.

Don Juan sonrió con un aire de malicia y dijo que los nuevos videntes desarrollaron su propia clasificación de los pinches tiranos. Aunque el concepto es uno de sus hallazgos más serios e importantes, los nuevos videntes lo tomaba muy a la ligera. Me aseguró que había un tinte de humor malicioso en cada una de las clasificaciones, porque el humor era la única manera de contrarrestar la compulsión humana de hacer engorrosos inventarios y clasificaciones.

– De conformidad con sus prácticas humorísticas los nuevos videntes juzgaron correcto encabezar su clasificación con la fuente primaria de energía, el único y supremo monarca en el universo, y le llamaron simplemente el tirano. Naturalmente, encontraron que los demás déspotas y autoritarios quedaban infinitamente por debajo de la categoría de tirano. Comparados con la fuente de todo, los hombres más temibles son bufones, y por lo tanto, los nuevos videntes los clasificaron como pinches tiranos.

La segunda categoría consiste en algo menor que un pinche tirano. Algo que llamaron los pinches tiranitos; personas que hostigan e infligen injurias, pero sin causar de hecho la muerte de nadie. A la tercera categoría le llamaron los repinches tiranitos o los pinches tiranitos chiquititos, y en ella pusieron a las personas que solo son exasperantes y molestos a más no poder.

Mi benefactor siempre decía que el guerrero que se topa con un pinche tirano es un guerrero afortunado. Su filosofía era que si no tienes la suerte de encontrar a uno en tu camino, tienes que salir a buscarlo.

«Las enseñanzas de don Juan», de Carlos Castaneda, uno de los libros fundamentales del autor. Confieso que no he leído sus libros pero, como digo, el concepto de pinche tirano me llegó hace años y desde entonces suelo recordarlo porque a menudo en el camino uno suele encontrarse con estos curiosos personajes que se empeñan en molestarte continuamente con sus impertinencias, a veces insultos y siempre una crítica feroz por todo lo que haces. A menudo estos son personajes cercanos que ves en tu día a día pero con las nuevas tecnologías muchas veces estos personajillos se disfrazan de trolls que en las redes sociales, o donde tenga ocasión, no dejan de aguijonearte con su mala baba pero que en el fondo, y tal y como decía Carlos Castaneda; es una suerte contar con ellos.

De alguna forma ese personajillo te acompaña en tu camino por la vida. Va siempre a tu la lado recordándote o inventándose tus defectos al modo de la figura romana que acompañaba a los generales victoriosos en su desfile por Roma recordándoles que, aunque el mundo les aclamase, seguían siendo humanos.

El pinche tirano busca siempre el lado negativo de lo que haces o dices, te intenta desacreditar continuamente ante los demás y, en definitiva ,te hace partícipe de esta forma de sus propias frustraciones pues quien, en vez de preocuparse de hacer bien sus cosas se dedica a buscar lo mal que lo hacen los demás, con tanta insistencia y saña; es evidente que tiene sus propios problemas.

Pero al margen de que su actividad pueda servir al pinche tirano como terapia, de cara a nosotros la presencia del pinche tirano nos lleva a cuestionarnos cada paso, a estar alerta, y a menudo nos hace bajarnos de la nube de nuestra importancia personal y siempre, como también sucedía con el «memento mori» latino, recordarnos que somos humanos y, pase lo que pase, vamos a morir. Y esto, precisamente, de forma opuesta a lo que por lo contrario les sucedía a los inmortales de Borges, nos hace trabajar más e intentar hacer más y mejores nuestras obras. Por tanto, como decía Castaneda, si no tienes tu propio pinche tirano -o pinche tiranito-, debes salir a buscarlo ya.

Yo, por suerte, tengo mi pequeño pinche tiranito -aunque compartido con más personas porque es un pinche tiranito muy ambicioso y trabajador- que, aunque me desespera a menudo por sus malos modos y grosería, en el fondo le agradezco su consideración de ayudarme en mi camino, aunque él lo ignore y pretenda todo lo contrario.

Vale.

Autorreferencia y sentido de la vida

Esta joya de la autorreferencia que encontré en La Singularidad Desnuda produce, como la mayoría de las autorreferencias, también una paradoja, como la famosísima del mentiroso o la más sencilla “esta frase es falsa”. Evidentemente es imposible tirar piedras al cartel si no existe el cartel que pide que no se tiren piedas al cartel. Pero este cartel es también una metáfora de la búsqueda del sentido de la vida, porque si hay algo tremenda, absoluta y descorazonadoramente autorreferente es la vida. No hay forma de referirse a nada distinto de ella, pues hasta la propia muerte es una referencia a la vida, y por consiguiente encontrar el sentido de la vida -que en principio y por definición debiera de ser algo distinto de ella- es imposible, a la vez que sería también imposible encontar el sentido de la vida si la vida no fuera autorreferente, porque al final la única conclusión posible es que el sentido de la vida es la propia vida.

En definitiva: no arrojéis piedras a esta entrada de la bitácora.