El capitán Ahab contra Celestina o el libro como personaje en el cine

Siempre me ha llamado la atención que en muchas películas estadounidenses –y en lengua inglesa en general– se asomen personajes o historias de su literatura, bien porque un personaje tiene como libro de cabecera a uno de estos clásicos –y por tanto se habla del libro o sus personajes– o, especialmente, porque hay una relación más o menos explícita entre la trama de la película y la historia literaria. Es decir, no me refiero a adaptaciones cinematográficas de estas obras, sino a películas en las que se barrunta, como al trasluz, la anécdota, la trama o los personajes de un texto más o menos clásico o ampliamente conocido, creando un paralelismo con la historia cinematográfica para que sea percibido por el espectador.

El capitán Ahab, la propia Moby Dick, Santiago de el Viejo y el mar, o diversos personajes y peripecias de las obras de Shakespeare o Dickens, por citar solo los más concurridos, se vislumbran así en muchas películas. Pero no solo en películas independientes o que pudiéramos calificar de «intelectuales» construidas precisamente sobre múltiples referencias culturales, sino que es muy frecuente en películas comerciales dirigidas a un público amplio. Por ejemplo, en una película tan rematadamente mala, violenta y palomitera como la última de Denzel Washington, The Equalizer (El protector), nos encontramos una vez más con El viejo y el mar, tanto como presencia física del propio libro en la película como igualmente trasunto y metáfora del personaje y de la propia historia.

Precisamente Hemingway en general y El viejo y el mar en particular son referencias muy recurrentes en el cine norteamericano hasta el punto de que a veces cansa su continua aparición, repetición en la que quizá solo le gana el capitán Ahab. Pero lo cierto es que el que el cine más comercial haga referencia frecuente a estos libros es sin duda porque guionistas y directores saben que esos libros son conocidos por sus espectadores, no solo porque son lecturas probablemente obligatorias o muy frecuentes en su sistema escolar, sino porque son considerados clásicos y tratados como tales, es decir, conforman una mitología que les permite expresar inquietudes y anhelos o ejemplificar lo que consideran su propia idiosincrasia como sociedad.

También es verdad que no solo echan mano de «sus» clásicos, sino que también abundan –aunque con menor frecuencia– referencias a los clásicos universales, incluido nuestro don Quijote que, aunque es inevitable vislumbrarlo en las parejas dispares que tanto abundan en el cine y que son la continuación de una larga tradición que Cervantes no inventó, pero sí consiguió plasmar con mayor verdad y vida; también aparece claramente en la radiografía de muchos personajes. Por ejemplo, en una pequeña película como Un amigo para Frank el trasunto del protagonista como Quijote –y por otro lado el robot que le ayuda cuando retoma sus correrías de ladrón, como Sancho– es tan evidente que no necesitan explicitarse más en la película. Hay mucho más en la trama que refleja la obra de Cervantes, pero no es cuestión de destriparla: mejor verla.

En el cine español, en cambio, no es tan fácil encontrar esta relación con nuestra literatura. Sin duda, don Juan o don Quijote aparecen mencionados a menudo, pero ese mismo tipo de presencia literaria como paralelismo con la historia de la película, ese juego de espejos, por otro lado tan cervantino, creo que es mucho menos frecuente en nuestro cine. Y es verdad que por volumen y por imposición en salas y en televisión, el cine americano tiene la posibilidad de mostrarnos un despliegue mayor de registros y por tanto es más fácil encontrar este tipo de referencias, pero si recordamos algunas de las películas españolas de los últimos años –adaptaciones literarias al margen– no es fácil encontrar esta misma simbiosis entre cine y literatura. Y no es, desde luego, porque no tengamos personajes que se han convertido en arquetipos universales –precisamente, don Juan y don Quijote son ya mitos casi más recreados en la cultura de otros países que en la nuestra propia–, sino que debe de ser otra la razón. Y eso es lo que me preocupa.

Me preocupa, por ejemplo, que el espectador español tenga menos referencias literarias que permitan precisamente un uso tan claro de los clásicos en nuestro cine. ¿Utilizan los americanos al capitán Ahab o Santiago como trasuntos en sus guiones porque saben que los espectadores los van a reconocer fácilmente mientras que nosotros no nos atrevemos a utilizar de la misma forma a Melibea, Bernarda Alba o Ana Ozores temiendo que la referencia pase desapercibida? ¿O por el contrario es que donde falta formación o interés por la literatura es en los propios directores y guionistas españoles?

En cualquiera de los dos casos, ¿es por que en el sistema educativo anglosajón dan más importancia a la enseñanza de la literatura y sus clásicos de la que le damos aquí? Y en particular, ¿tiene la literatura mayor relevancia en la formación de profesionales del cine en Estados Unidos que en España? No sé si afecta que en Estados Unidos existan grados en escritura de guion en las universidades y en España la formación de guionistas se centre en cursos que se imparten en academias. Lo que si se aprecia, incluso en las propias historias de actores en las películas, es que Shakespeare es fundamental en la formación actoral en el mundo anglosajón lo que indica que, al menos de esta forma, el mundo de la interpretación tiene una relación intensa con la literatura clásica, mientras que en España la influencia de Calderón, Lope o Tirso en los actores parece muchísimo menor. Quizá que en la cartelera teatral española haya tanto eco de las comedias televisivas más chabacanas sea un síntoma que la misma enfermedad.

La presencia de Charles Dickens en tantas películas –insisto en que no me refiero a las adaptaciones de sus obras, que ese es otro tema, sino a la presencia del autor, la obra, o el paralelismo con alguna de las tramas en la película– contrasta con la ausencia de, por ejemplo, Galdós en nuestro cine –y no hablo de adaptaciones, pues precisamente de la obra de Galdos hay decenas y algunas excelentes–. Por ejemplo, recientemente he visto Mr. Pip en donde Grandes Esperanzas –otro de los clásicos que tanto se repiten en el cine anglosajón, porque en este caso la producción es neozelandesa– es fundamental en la película y no en vano un personaje del libro le da título.

Asimismo, que una obra del siglo XVIII como los Viajes de Gulliver tenga a su vez tanta presencia en el mundo anglosajón –saliendo del mundo del cine, el propio Yahoo le debe su nombre– y sea ampliamente conocida –y supongo que algo leída– y versionada, contrasta igualmente con la nula presencia que en nuestro cine tiene toda la riquísima literatura española del siglo XVII llena de aventuras, transformaciones, personajes picarescos y enredos de todo tipo y, sobre todo, rezumante de sátira social en la misma medida o más que la obra de Swift.

Quizá todo entronque también con que los estudiantes de secundaria y bachillerato cada vez leen menos obras clásicas pues hace años que la tendencia es a sustituirlas por obras “juveniles” de nueva creación. Evidentemente esto viene motivado tanto porque se ha rebajado –en algunos aspectos– el nivel que se espera de los estudiantes –si tratamos como niños a la propiedad sociedad adulta, imaginémos cuál es el trato a los niños y adolescente desde hace algunos años– y por otro el que las editoriales y los nuevos autores necesitan también vender libros. Ignoro si la misma inclinación se ha producido en la educación anglosajona, aunque sospecho que no, o desde luego no tan acentuadamente. Resulta significativo que mi hijo haya leído más clásicos adaptados en inglés para la asignatura de lengua extranjera que clásicos en español. Lo que está claro, por tanto, es que los jóvenes en España quizá tengan un conocimiento cada vez más reducido de nuestra literatura clásica, y uso clásico no para referirme a un período concreto, sino para referirme a toda la literatura que ha superado con creces la prueba del tiempo.

Sinceramente, no creo que Baroja, Unamuno, Lorca o Valle-inclán, por citar solo a autores del siglo XX, hayan creado historias o personajes de menor valor universal que Hemingway, pero está claro que, incluso en nuestro país, tienen una menor difusión y sobre todo una menor recreación en el imaginario colectivo que es a lo que precisamente contribuye de forma tan importante el cine por su amplia difusión y que es lo que echo de menos, porque es un síntoma de que falta en la sociedad española esa apropiación, esa absorción de la literatura clásica como reflejo de valores, ideas, sentimientos compartidos que sí que parece haber en el mundo anglosajón, al modo en que en otro tiempo los mitos cumplían ese papel.

Además, el cine y, especialmente, la televisión pueden contribuir en gran medida a la difusión de la literatura y sin embargo, rara vez lo hace. Por ejemplo, en las series de televisión cuando más aparecen los libros es acompañando a los personajes en edad escolar y son libros de texto (y el libro de texto es al libro lo que la música militar es a la música, ya lo sabemos). Si un personaje lee, es precisamente para caracterizarlo como un personaje aislado o marginado, o bien como un friki –sobre todo si lee cómic–, es decir, la lectura no aparece en la ficción televisiva como una actividad habitual. Por eso cuando aparece alguien leyendo llama la atención. Por ejemplo en la serie Sangre fresca (True blood) uno de los personajes principales se nos presenta ya en el primer episodio con un libro en las manos y es nada más y nada menos que la Doctrina Shock de Naomi Klein. Muy significativo. Pero es un caso aislado, en la ficción televisiva se lee poco, los libros aparecen más como decoración y desde luego las referencias a la literatura son excepcionales.

Cuando en una serie española sí aparecen libros con frecuencia y se produce esa simbiosis u ósmosis entre el cine y la literatura nos damos cuenta claramente del efecto favorable que supone. Es lo que ha sucedido en la primera temporada –y espero que en la segunda– de El ministerio del tiempo que ha llevado a Lope de Vega y a Lázaro de Tormes a ser Trending Topic en twitter. Esta serie es un ejemplo de la importancia de la presencia de la literatura en la ficción cinematográfica y televisiva para incentivar la lectura. Por ejemplo, me comentaba en twitter una madre que su hijo de trece años después de ver el episodio en el que aparece Lázaro de Tormes le había pedido leer El lazarillo.

No se desea lo que no se conoce, ni tampoco se desea lo que no se presenta como atractivo, y la literatura y los libros o no abundan mucho en series y películas o cuando aparecen no son desde luego atractivos. Yo no habría leído en la adolescencia Las almas muertas de Gogol si no fuera porque era el libro favorito del personaje Simone Foster de la serie Los primeros de la clase (y sí, salían libros, pero fíjense en el nombre de la serie), y es de suponer que este fenómeno de retroalimentación entre cine y literatura se dará en el mundo anglosajón cuando estos clásicos aparecen tan a menudo en sus ficciones audiovisuales. No parece muy raro, por tanto, que un adolescente quiera leer a Dickens o El viejo y el mar después de ver una película que le haya gustado en la que aparezcan de forma tan relevante.

¿Nos falta en España esa retroalimentación con nuestra literatura en nuestro cine, en nuestras series? Parece que sí, pero es en realidad un reflejo de que la propia sociedad, en general, tiene relegada la literatura, y más aún la literatura menos actual. Parece que tenemos olvidados a nuestros clásicos: en España, Cervantes tiene más calles que lectores.

Si bien es cierto que la lectura de El Quijote por un niño de catorce años puede ser una aberración, no es menos cierto que ¡afortunadamente! nuestros clásicos no se limitan a Cervantes o al Poema del Mío Cid, sino que tenemos muchísimos textos clásicos que disfrutar con la adecuada orientación del profesor. Lecturas como La Celestina que puede parecer difícil se torna bastante interesante para los chicos cuando se les cuenta realmente de qué va, o sea, de amor, sexo y muerte, y que en el fondo lo que encontrarán en sus páginas es una especie de Tres metros sobre el cielo con la pátina de los siglos y la peculiaridad del mundo hispano y, sobre todo, escrita por la pluma de un genio como Fernando de Rojas que no está suficientemente elevado a los altares de la literatura universal.

Los clásicos son aquellas obras cuyo mensaje sigue vigente a pesar del paso de los siglos, por eso darles la espalda no tiene ningún sentido.

Y para acabar no me resisto a compartir esta divertida escena de El lado bueno de las cosas donde, ¡cómo no!, aparece Hemingway, aunque resulte mal parado:

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Taller de creación de ebook en La Casa del Lector (Matadero de Madrid)

El próximo mes de noviembre imparto un taller de 12 horas en la Casa del Lector. Será los martes y jueves por la tarde las semanas del 10 al 19 de noviembre. El taller está pensado sobre todo para autores que quieren aprender a maquetar su texto en soporte ebook para su distribución a través de plataformas como Amazon, iTunes o Google Play, pero el curso es una buena iniciación a la maquetación digital, al etiquetado de contenido y la creación de estilos para dar formato así como a las características del formato ePub, creación de metadatos, tabla de contenido, validación, etc. El entorno de El Matadero de Madrid no puede ser más atractivo, las instalaciones de Casa del Lector son estupendas y el precio es de 150 €.

Taller de creación de ebook en la Casa del Lector. Madrid. 10 a 19 de noviembre.

Taller de creación de ebook en la Casa del Lector. Madrid. 10 a 19 de noviembre.

En esta página podéis encontrar el programa completo y las instrucciones para inscribirse en el curso.

Cursos de creación de ebook este verano en La Coruña y Santander

Este verano, además de los cursos que habitualmente imparto en Madrid en Cálamo y Cran, daré sendos cursos de creación de ebook en La Coruña y Santander.
El primero será del 6 al 10 de julio en la Facultad de Filología de la Universidad de la Coruña, en el campus de Zapateira. Organizado por SIELAE, Hispania (Grupo de investigación) y el Departamento de FIlología, el curso se ha dividido en dos módulos complementarios. En el primero abordaremos los aspectos fundamentales de la edición digital y aprenderemos a realizar directamente un libro electrónico en formato ePub 2. El segundo modulo está orientada a la creación igualmente de libros electrónicos en formato ePub con el programa Adobe InDesign.
Podéis encontrar toda la información en la web de SIELAE y en el PDF con el folleto del curso.
El curso en Santander será, como el año pasado, dentro de los Cursos de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP). Este curso lo imparto con la colaboración de Luis Pablo Nuñez, e igualmente está planteado en forma de taller práctico en el que aprender a realizar libros electrónicos, validarlos y publicarlos, así como conocer los aspectos teóricos relacionados con la edición y distribución digital.
El año pasado fue la primera convocatoria  y el resultado fue muy positivo tanto para los profesores como los alumnos . Por otra parte,  además de, por supuesto, el aprendizaje; merece destacarse que Santander es una ciudad preciosa y tiene tal actividad cultural diaria que uno necesitaría dividirse para poder asistir a todo lo interesante por lo que estos cursos en Santander son también una oportunidad para disfrutar de la ciudad y sus actividades y de una semana de convivencia con el resto de alumnos y profesores.
Para este curso, además, existe la posibilidad de diferentes becas, tanto para la matrícula en sí, como para el alojamiento y la manutención.
El curso se celebrará del 17 al 21 de agosto y en la web de los cursos de verano podéis encontrar toda la información así como el acceso a la matriculación y solicitud de beca.
El grupo del curso 2014

El grupo del año pasado fue un grupo estupendo

La insoportable necesidad del pinche tirano

Respice post te, hominem te esse memento.
Mira tras de ti. Recuerda que eres un hombre.

Hace muchos años oí hablar por primera vez del pinche tirano gracias a una persona cercana que me recordaba a menudo que la «importancia personal» no tiene, valga la redundancia, tanta importancia. Para quien no lo conozca, el pinche tirano es un concepto de Carlos Castaneda, curioso antropólogo (y auténtico chamán para algunos) que escribió sus experiencias o invenciones -o ambas cosas- en una colección de libros muy leídos en el pasado siglo.

En uno de estos libros, El fuego interno, en diálogo con su maestro, don Juan, nos indica qué es un pinche tirano:

Un pinche tirano es un torturador –dijo-. Alguien que tiene el poder de acabar con los guerreros, o alguien que simplemente le hace la vida imposible.

Don Juan sonrió con un aire de malicia y dijo que los nuevos videntes desarrollaron su propia clasificación de los pinches tiranos. Aunque el concepto es uno de sus hallazgos más serios e importantes, los nuevos videntes lo tomaba muy a la ligera. Me aseguró que había un tinte de humor malicioso en cada una de las clasificaciones, porque el humor era la única manera de contrarrestar la compulsión humana de hacer engorrosos inventarios y clasificaciones.

– De conformidad con sus prácticas humorísticas los nuevos videntes juzgaron correcto encabezar su clasificación con la fuente primaria de energía, el único y supremo monarca en el universo, y le llamaron simplemente el tirano. Naturalmente, encontraron que los demás déspotas y autoritarios quedaban infinitamente por debajo de la categoría de tirano. Comparados con la fuente de todo, los hombres más temibles son bufones, y por lo tanto, los nuevos videntes los clasificaron como pinches tiranos.

La segunda categoría consiste en algo menor que un pinche tirano. Algo que llamaron los pinches tiranitos; personas que hostigan e infligen injurias, pero sin causar de hecho la muerte de nadie. A la tercera categoría le llamaron los repinches tiranitos o los pinches tiranitos chiquititos, y en ella pusieron a las personas que solo son exasperantes y molestos a más no poder.

Mi benefactor siempre decía que el guerrero que se topa con un pinche tirano es un guerrero afortunado. Su filosofía era que si no tienes la suerte de encontrar a uno en tu camino, tienes que salir a buscarlo.

«Las enseñanzas de don Juan», de Carlos Castaneda, uno de los libros fundamentales del autor. Confieso que no he leído sus libros pero, como digo, el concepto de pinche tirano me llegó hace años y desde entonces suelo recordarlo porque a menudo en el camino uno suele encontrarse con estos curiosos personajes que se empeñan en molestarte continuamente con sus impertinencias, a veces insultos y siempre una crítica feroz por todo lo que haces. A menudo estos son personajes cercanos que ves en tu día a día pero con las nuevas tecnologías muchas veces estos personajillos se disfrazan de trolls que en las redes sociales, o donde tenga ocasión, no dejan de aguijonearte con su mala baba pero que en el fondo, y tal y como decía Carlos Castaneda; es una suerte contar con ellos.

De alguna forma ese personajillo te acompaña en tu camino por la vida. Va siempre a tu la lado recordándote o inventándose tus defectos al modo de la figura romana que acompañaba a los generales victoriosos en su desfile por Roma recordándoles que, aunque el mundo les aclamase, seguían siendo humanos.

El pinche tirano busca siempre el lado negativo de lo que haces o dices, te intenta desacreditar continuamente ante los demás y, en definitiva ,te hace partícipe de esta forma de sus propias frustraciones pues quien, en vez de preocuparse de hacer bien sus cosas se dedica a buscar lo mal que lo hacen los demás, con tanta insistencia y saña; es evidente que tiene sus propios problemas.

Pero al margen de que su actividad pueda servir al pinche tirano como terapia, de cara a nosotros la presencia del pinche tirano nos lleva a cuestionarnos cada paso, a estar alerta, y a menudo nos hace bajarnos de la nube de nuestra importancia personal y siempre, como también sucedía con el «memento mori» latino, recordarnos que somos humanos y, pase lo que pase, vamos a morir. Y esto, precisamente, de forma opuesta a lo que por lo contrario les sucedía a los inmortales de Borges, nos hace trabajar más e intentar hacer más y mejores nuestras obras. Por tanto, como decía Castaneda, si no tienes tu propio pinche tirano -o pinche tiranito-, debes salir a buscarlo ya.

Yo, por suerte, tengo mi pequeño pinche tiranito -aunque compartido con más personas porque es un pinche tiranito muy ambicioso y trabajador- que, aunque me desespera a menudo por sus malos modos y grosería, en el fondo le agradezco su consideración de ayudarme en mi camino, aunque él lo ignore y pretenda todo lo contrario.

Vale.

Utópica televisión

¿Qué pensarían de una televisión que en su horario de máxima audiencia -lo que en la jerga se denomina «prime time» y en España cada vez se acerca más a la hora de las brujas- emitiera, por ejemplo, documentales, teatro clásico, películas de la Nouvelle vague, o series basadas en clásicos de la literatura? Seguramente pensarían que se trata de la descripción de una utopía, de un deseo que difícilmente se hará realidad o incluso de un sueño. Pero lo cierto es que, en cierta medida, esa televisión ha existido y algunos lectores quizá la han reconocido porque hemos sido muchos los que la hemos disfrutado ya que era la televisión con la que crecimos en España.

Y es que cuando yo era niño -allá por la segunda mitad de los años 70 del pasado siglo- y solo disponíamos de dos canales de televisión -que siguieron siendo en blanco y negro en muchos hogares aunque ya a partir de 1978 se emitiera en color- nos reuníamos después de cenar a ver, nada más y nada menos, que un documental sobre naturaleza. Al fin y al cabo no era otra cosa El hombre y la tierra de Félix Rodríguez de la Fuente. Una excepción, pensarán muchos porque en la televisión actual los documentales de esa naturaleza -permítaseme la redundancia- están confinados a la hora, también tan española, de la siesta. Pero no se trata solo de que en aquellos tiempos un programa como ese encandilara a la audiencia, sino que quizá no he visto más cine clásico en mi vida que el que vi en aquellos años y recuerdo cuando contaba 13 y 14 años los largos ciclos dedicados a directores fundamentales de la historia del cine como los que se ocuparon por ejemplo de François Truffaut, Roberto Rossellini o incluso Ingmar Bergman. Y hablo de la primera cadena, no de otros ciclos como los dedicados a Tarkovski que en esos mismo años se emitía también, pero en La 2 y a horas más atrevidas. Cine clásico -no daba entonces miedo el blanco y negro, como hoy que se excluye de muchos canales solo por ese motivo- y cine de grandes autores de la cinematografía universal era el que entonces podía verse con cierta frecuencia en los dos canales de televisión de los que disponíamos.

También recuerdo de aquellos años ver mucho teatro clásico en la tele -algo seguramente impensable para los muchachos de esa misma edad en 2014- porque cuando se emitía Estudio 1 no dejamos de pegarnos a la tele para ver clásicos de Lope, Calderón, Shakespeare, Chejov o Ibsen. En aquellos años estas obras de teatro se emitían en el horario de máxima audiencia, y ya casi acabando los 80 recuerdo reposiciones de estas obras también en la hora de la siesta en vez de los típicos culebrones que proliferaron un poco después.

Tampoco eran raros los debates en los que los contertulios no solo tenían algo que decir sino que además podían decirlo sin ser interrumpidos durante largos minutos en los que argumentaban sus posiciones. Parece algo también impensable en los debates de hoy. Se trataban, además, temas interesantes hoy seguramente excluidos del ámbito televisivo, como nada más y nada menos que el Marxismo o el Anarquismo. Busquen, si no me creen, en YouTube alguno de los debates de La Clave y sorpréndanse al ver al contertulio expresar sus ideas en largos minutos ante el silencio respetuoso del resto de participantes (En RTVE a la carta pueden verse algunos de estos programas completos, desgraciadamente, muy pocos). En esos debates de lo que se trataba era claramente de definir ideas, discutirlas y llegar a conclusiones, y no solo tirarse tópicos y trastos a la cabeza a base de gritos y sandeces. No es casualidad que, al cerrarse el programa, se presentara en pantalla bibliografía -¡Bibliografía, señores!- del tema tratado. Hoy día, un programa como Millennium intenta, sin duda, seguir los pasos de aquel programa, pero se emite a la 1 de la madrugada, lo cual indica cómo se relegan este tipo de programas.

También entonces muchas series adaptaron textos literarios como la Fortunata y Jacinta de Galdós, El Pícaro de Fernando Fernan Gómez, o Los gozos y las sombras de Torrente Ballester. Fenómeno que todavía en el año 1990 nos trajo Los jinete del alba, El obispo leproso, o la magnífica La jorja de un rebelde de Arturo Barea.

¿Y adónde quiero ir a parar con este ejercicio de nostalgia televisiva? Pues a preguntarme si realmente los espectadores de los años 70 y primeros 80 eran realmente más inteligentes, más sensibles o más despiertos que los de hoy día. ¿Qué ha pasado? ¿Éramos más listos hace 30 años? ¿Quizá es que Google nos ha vuelto estúpidos como planteaba Nicolas Karr? Creo que no, que -al menos en este caso- nosotros los de entonces, seguimos siendo los mismos.

Pero comparada esa televisión (evidentemente estoy obviando otros contenidos más «comerciales» que también se daban) con la que tenemos hoy, da la sensación de que los espectadores tenían más interés por contenidos culturales que ahora. Pero es que también sucede algo parecido con los libros. No hace mucho, Luis Alemany comparaba los best-seller de hoy con los de los años 80 destacando que entonces los autores eran de una «calidad» al menos distinta de lo que hoy copan la lista de más vendidos.

Puede que en los años 70 y 80 hubiera un hambre de cultura, de ponerse al día, por venir de donde veníamos, quizá mucho mayor que el que podamos tener hoy pero no es esa la cuestión que me interesa, sino el constatar que frente a quienes creen que es el espectador o el lector el que rehúsa esos contenidos, lo que yo creo es que el que hoy día no se vean esos contenidos no es porque el espectador no los quiera ver sino por un motivo mucho más sencillo: no los emiten.

Es, claro está, un círculo vicioso: tomar por tonto al lector, lo entontece. De la misma forma que los programas para niños que tratan a los niños como tontos generan niños tontos -no hemos hablado de la estupenda La bola de cristal, un programa para niños que no los/nos trataba como a idiotas, o El planeta imaginario-; generar programas de televisión y literatura para tontos nos convierte en tontos. No es que la gente demande tontería, sino que los productores se han empeñado en generar tontería porque evidentemente resulta más fácil de «fabricar» y «consumir».

Cuando en televisión se emitía Yo, Claudio, lo veíamos; cuando se representaba a Lope de Vega, lo veíamos; cuando nos explicaban cómo caza el lince ibérico, lo veíamos. Entonces ¿porque ahora no vemos Yo, Claudio, Lope de Vega o la vida del lince ibérico? Muy sencillo… porque no lo emiten.

Es verdad que también teníamos el Un, dos, tres o los Hombres del Harrelson y que seguramente no hay mucha diferencia entre el Curro Jiménez de entonces y el Águila roja de ahora, pero en proporción el nivel cultural de la televisión de los 70 y 80 era muy superior al actual donde se han multiplicado los canales y la estulticia. Para comprobar que la llegada de las televisiones privadas en los 90 no trajo ni en realidad más diversidad ni mucho menos más calidad-¡ay, la vieja falacia de a más diversidad, más calidad- sino mediocridad no hace falta recordar a las mamachicho. A pesar de tener solo dos canales, la apuesta por ofrecer entretenimiento pero también cierta calidad y contenido cultural es lo que se echa en falta en la televisión de hoy con respecto a la de entonces. Hay que recurrir -al margen del oasis que sigue siendo afortunadamente La 2– a canales digitales para encontrar apuestas por documentales o cine clásico; y por supuesto a ese otro oasis que ha venido a ser internet.

La pregunta trasladada al mundo del libro es por qué no leemos a autores de cierta calidad y sí a mediocres autores de bestseller. Quizá porque el autor de calidad si está en la librería está bastante escondido en un estante, mientras el otro tiene pilas de libros en todas las librerías e incluso marquesinas de autobús para anunciarse. No es que ahora se escriba mal o se lea peor, lo que sucede es que todo se ha convertido en consumo y como mercancía de consumo se vende. Y en vendernos milongas, esta gente sabe un rato.

Pero a la gente sí que le gusta la cultura, el problema es que no lo saben porque no la encuentran fácilmente. Pero está claro que otra televisión es posible porque ya ha existido y la hemos disfrutado.

La banalización de la cultura

El carnaval de Roma no es propiamente una fiesta que se le da al pueblo, sino que el pueblo se da a sí mismo.
Johann Wolfgang von Goethe, Viajes en Suiza y en Italia

Como todos los años, en torno al 1 de noviembre, surge el debate de si Halloween es una celebración extranjera importada por el poder del «imperio» estadounidense. Pero, en realidad, lo fundamental, desde mi punto de vista, no es si la fiesta es o no originaria de un determinado territorio u otro, máxime cuando dentro de la cultura occidental la mayoría de las tradiciones convergen en puntos comunes. El problema principal que se manifiesta en celebraciones como Halloween -pero en verdad, en prácticamente todas las celebraciones globalizadas- es la banalización de la cultura, entendida esta en su sentido antropológico.

A lo largo de la historia, la cultura popular ha sido asimilada a la tradición dominante, de forma que siempre ha habido un sustrato de cultura popular que llega hasta nuestros días. Que el carnaval o la propia celebración de la navidad son en el fondo enmascaramiento de tradiciones que se pierden en la noche de los tiempo es algo sabido. Esta cultura popular ha sido asimilada a nuevas tradiciones culturales que pretendían la hegemonía, como es evidente principalmente en la religión católica que asimila prácticamente toda la cultura pagana para no provocar una ruptura con el pueblo que le interesaba atraerse y que claramente iba a seguir celebrando sus fiestas en cualquier caso y al que, por tanto, había que ofrecer un nuevo marco integrador en el ámbito de la nueva religión. Que Jesús viniera a nacer precisamente un 25 de diciembre es una de esas extrañas casualidades que ofrece el azar a quienes escriben oficialmente la historia y que permitió que el pueblo pudiera seguir celebrando sus saturnales, se llamasen ahora como se llamasen.

Pero lo cierto es que estas nuevas tradiciones de alguna u otra forma a lo largo de estos procesos integradores siguen manteniendo en buena medida sus rasgos culturales mientras que en la actualidad la «cultura» dominante que fagocita todas estas tradiciones es precisamente la de la más absoluta banalización de la cultura, unida además a su mercantilización que es precisamente el espíritu de nuestra época.

Cualquiera que haya estudiado mínimamente la cultura popular sabe que bajo formas aparentemente fáciles o superficiales en busca a veces del disfrute -piénsese en el propio carnaval- se esconde siempre una profunda crítica social o incluso una trascendencia pre-existencialista nada desdeñable. Pero en la actualidad todas estas formas populares han sido englutidas por un capitalismo ramplón que solo las utiliza como reclamo en su afán de novedad en el ciclo del año para ofrecer sus productos, atendiendo de esta forma a otro instinto profundamente anclado en el hombre que es el impulso de cambio y de novedad aunque sea dentro de procesos cíclicos.

La cultura se ha banalizado hasta la extenuación. Que se celebre una fiesta de origen celta popularizada por el imperio cultural y económico que representan actualmente los Estados Unidos es quizá menos malo que el hecho de que dicha tradición se haya vaciado de gran parte de su componente cultural para mostrar sobre todo un factor comercial y precisamente homogeneizador en vez de reflexivo y crítico.

Nada hay en Halloween -más allá de determinadas formas externas- distinto de tradiciones similares asentadas hace siglos en España y en otros países occidentales, lo que es nuevo es precisamente su completa desconexión con toda esa tradición, su banalización, su mercantilización y, en definitiva, que la cultura, si es que se puede seguir dándole ese nombre, que hoy hegemoniza y globaliza todo el mundo sea esa que podemos llamar capitalismo, aunque quizá deberíamos referirnos a ella de forma elusiva, como tan a menudo se hace con la figura del maligno.

Si la cultura, como consideran los antropólogos, implica en definitiva un modo de vida, está claro lo peligroso que es esta banalización de la propia cultura porque implica una banalización de nuestro modo de vida. No en vano esta banalización de la cultura ha corrido paralela con otro fenómeno muy importante que es la expropiación del espacio público. No habrá mejor forma de luchar contra ambas que recuperando el espacio público y el espacio de la cultura y, como indica la cita de Goethe que abre este texto, que las fiestas no sea las que se les da al pueblo, sino que vuelvan a ser las que el pueblo se da a sí mismo.

Correctores 2.0: ortotipografía digital

Congreso de Correctores: Mesa redonda sobre ortotipografía digital

Le damos la espalda al público porque Javier Bezos nos explicaba unos ejemplos. Foto del tiwtter de Unico. https://twitter.com/unico_es/status/526036708824195072


El pasado sábado 25 de octubre tuve la suerte de participar en la mesa redonda «Correctores 2.0: ortotipografía digital» dentro del III Congreso Internacional de Correctores que se celebró durante todo el fin de semana en la Casa del Lector, en Madrid. Aunque inicialmente quien debía participar en la mesa era José Antonio Cordón, un problema de última hora hizo que fuera yo quien ocupara su asiento para compartir la charla con Javier Bezos y Jorge de Buen, moderados por el presidente de la Unión de Correctores, Antonio Martín, que nos planteó las siguientes preguntas:

¿Qué ha cambiado en la edición realmente con el paso a lo digital? ¿Cómo afecta a los correctores? ¿Qué tiene que saber el corrector de este cambio, a qué se tiene que adaptar? ¿Qué tiene que seguir corrigiendo y qué no? ¿Hay nuevas normas, nuevas convenciones? ¿Se aprovechan todos los recursos disponibles? Mundos de Word, InDesign, LaTex, XML, ¿qué tiene que saber el corrector de todo esto? ¿Para qué tiene que saberlo? ¿Ha habido cambios relevantes en la ortotipografía, tanto en su estructura (disposición gráfica y acceso) como en sus convenciones: siguen sirviendo las convenciones clásicas del libro de papel en la lectura digital? ¿Hay nuevas necesidades en la lectura que necesite nuevos recursos ortotipográficos?

Abrió el turno Javier Bezos comentando que lo que ha cambiado sobre todo es que tenemos que habérnoslas con el código y que este, especialmente el HTML, no es todo lo adecuado para aspectos tipográficos. Aun así, el código permite cuidar aspectos ortotipográficos y expuso algunos ejemplos de cómo usando bien solo HTML o bien combinándolo con propiedades CSS se puede conseguir los espacios de no separación, separar signos en redonda de una cursiva anterior para evitar que se junten, etc. Los ejemplos los podéis ver en la siguiente imagen y la explicación la tenemos también en su entrada de la wikilengua dedicada a la ortotipografía para la web.

Ejemplos de Javier Bezos sobre ortotipografía digital usando HTML y CSS

Ejemplos de Javier Bezos sobre ortotipografía digital usando HTML y CSS. Foto del twitter de Stylus. https://twitter.com/mySTILUS/status/526037119039717376

Efectivamente, el código tiene recursos para cuidar aspectos tipográficos pero lo cierto es que el otro problema al que nos enfrentamos son los dispositivos que no siempre responden adecuadamente o interpretan todas esas posibilidades. De hecho -aunque no se comentó- las posibilidades de HTML5 y CSS3 -dentro de un formato ePub3 o directamente- ofrecen muchas opciones que, por desgracia, no están al alcance de muchos dispositivos, como los propios ereaders de tinta electrónica, que no soportan estas versiones más actuales de código HTML Y CSS.

Yo por mí parte comenté que hay varias cosas que han cambiado con respecto a la edición digital, una de ellas es, evidentemente, que ahora tenemos que contar con el código (principalmente HTML y CSS) pero también, desgraciadamente, con la interpretación a menudo defectuosa que hacen de él los dispositivos. Otra novedad importantísima es que el control del libro ya no lo tiene en su totalidad el editor sino el lector, pues este puede, por ejemplo, decidir el tamaño de fuente, o incluso la propia fuente tipográfica, con la que quiere leer el libro en su dispositivo. Además desaparece el concepto de “página” en el sentido tradicional pues en el libro electrónico cada lector puede tener un tamaño de página distinto (dependiendo del tamaño del dispositivo y de las elecciones con respecto a la tipografía) lo que implica que todos aquellos aspectos que tienen que ver con la configuración de la página y del texto en ella no pueden controlarse de la misma forma, por ejemplo, viudas y huérfanas, particiones, calles, etc. Aunque existen propiedades que pueden definirse en el código CSS para controlar estos aspectos, es el dispositivo quien debe gestionarlo y no podemos ya nosotros decidirlo para cada caso y en cada página con la minuciosidad que lo hacemos en papel y además algunos dispositivos no son capaces de gestionarlo correctamente.

Por su parte, Jorge de Buen indicó convincente y vehemente: “no claudico” respecto a renunciar a la absoluta corrección ortotipográfica debido a las limitaciones que puedan ofrecer el código o los dispositivos, y recordó que ya ha sucedido anteriormente que las limitaciones técnicas han obligado a buscar soluciones no convincentes, como pasó con la máquina de escribir. Insistió en que los ingenieros deben ser quienes hagan el trabajo para que sea posible cumplir con la corrección y no los editores los que tengan que “claudicar” o buscar soluciones no convincentes. El HTML (“esa cosa”) no le parece que tenga capacidad para crear textos exquisitos, pero tampoco cree que programas como inDesign permitan trabajar esa exquisitez que él requiere de un texto.

Su discurso despertó, además de muchas carcajadas, también aplausos y yo manifesté mi acuerdo pero insistí que la postura no debe ser la de renunciar a la posibilidad de hacer libros electrónicos al encontrarlos limitados porque, de hecho, los libros ya están ahí, y ofrecen múltiples ventajas al lector; sino que precisamente debemos ser nosotros, editores, correctores, etc. quienes nos pongamos a buscar soluciones y exigirlas casi a modo de lobby frente a los organismos o fabricantes para conseguir la mejor legibilidad de nuestros libros electrónicos, pero que en cualquier caso debemos conocer el nuevo medio, aprender lo suficiente de cómo están hechos los libros electrónicos en cuanto al código y a sus posibilidades para saber qué corregir y que n, e igualmente qué se puede hacer y que no, y así esforzarnos por conseguir una mayor legibilidad y una lectura más agradable a los lectores.

Javier Bezos estuvo de acuerdo en buscar ese lado positivo y recordó que a menudo ante una limitación tecnológica se han encontrado nuevas soluciones, y puso el ejemplo de las ligaduras cuando empezó a usarse la linotipia. Insistió igualmente en la importancia de que conozcamos el nuevo medio. También, a preguntas del moderador nos habló de Tex y LaTex como una solución de composición de libros que permite un control muy exhaustivo aunque, como recordó Jorge de Buen, su curva de aprendizaje es compleja.

Antonio Martín nos planteó si pueden surgir nuevas convenciones ortotipográficas para nuevos medios o si se habían detectado que ciertos recursos que algunos autores podían usar para dar mayor expresividad a sus obras podían llegar a convertirse en nuevas convenciones. Se citó el ejemplo del uso del color en La historía interminable así como otros recursos en otras obras.

Pero no dio tiempo a mucho más porque también surgieron temas como los programas de maquetación -Jorge de Buen llegó a decir que todo programa deja su marca y que parece que todo trabajo mal hecho estaba hecho con Quark-, o se hablo de si la terminología de la ortotipografía se ha llenado de anglicismos y si en ello gran culpa la tiene la traducción del programa inDesign. Javier Bezos apostilló que también hay galicismos, y hubo una pequeña «batalla» entre las comillas francesas (y también si realmente son o no francesas) y las inglesas, hasta el punto de que alguien entre el público pensó que debatíamos si se podía técnicamente hacer o no comillas romanas en formato digital. cuando habíamos pasado ya al terreno tradicional hacía un buen rato.

Sin duda la ortotipografía digital da por sí sola para un nuevo congreso pero creo que fue una buena idea incluir esta mesa en el congreso de correctores precisamente para poder destacar la importancia de que las ediciones digitales sean también convenientemente revisadas e insistir en la importancia de que quienes nos dedicamos al mundo del libro nos adentremos más o menos profundamente, pero desde luego sin ningún miedo, en los lenguajes informáticos, mucho más sencillos de los que algunos pueden creer, con los que se hacen las publicaciones digitales porque, querámoslo o no, vamos a tener que convivir con ellas.

En otro foro hubiéramos podido hablar de recursos de HTML y CSS como las propiedades para el control de viudas y huérfanas (propiedades CSS widows y orphans) aunque muchos dispositivos no la interpreten bien y los que sí,se limiten a dejar el hueco a final de página; propiedades como font-variant o text-transform que tampoco funcionan en los dispositivos de tinta electrónica, el uso de ­ para forzar a que una palabra se parta si es necesario solo por el lugar indicado para evitar así particiones incorrectas (por ejemplo ar­­tículo para evitar tener un “culo” a principio de línea), el uso de selectores que permiten introducir gran variedad de acciones pero que no funcionan en los ereaders; el uso de espacios de no separación, espacios finos, etc. y sobre todo el uso de imaginación y CSS para suplir algunas carencias (el uso de sangría francesa para la composición de versos, etc.). No era el lugar ni tampoco hubo tiempo para entrar en muchos detalles pero está claro que recursos hay y lo que es necesario es conocerlos y tener la voluntad y el tiempo de aplicarlos, aunque tengamos que luchar por un lado contra los dispositivos y también, como también sucede en la edición papel, con la desidia o la falta de presupuesto o tiempo. Valga de ejemplo ver que mucho de lo que le pedimos a la edición digital en tantas y tantas ediciones en papel no se cumple:

Casualidades gráficas

Calles, comas a principio de línea, huérfanas… por desgracia muy habitual también en libros en papel.

A modo de resumen, quede este pequeño listado de algunas ideas tratadas:

  • Actualmente no suele hacerse una revisión del ebook (se da por hecho que basta con la hecha para la versión papel).
  • Dependemos no solo del código, que es mucho más versátil de lo que muchos creen, sino sobre todo del software y de los dispositivos que son muy variados en sus características.
  • Gran parte del control ha pasado del editor al lector, pues el lector no recibe ya un producto fijo e inamovible sino un texto fluido al que puede aplicar su propia personalización (tamaño de fuente, elegir tipografía dentro de lo que le ofrezca el dispositivo, etc.) además de contar con las propias características del dispositivo de lectura que él ha elegido.
  • Precisamente la desaparición de un concepto fijo de página hace complicado el controlar todos los aspectos que tienen que ver con ella, como viudas y huérfanas, líneas cortas, particiones, calles, … a pesar de lo cual existen formas de hacerlo con más o menos éxito aunque siempre confiando en la «complicidad» del dispositivo.
  • Está claro, en cualquier caso, que el corrector -en realidad cualquier profesional de la edición- debe conocer el nuevo -en realidad no tan nuevo- medio para poder moverse en él, quizá no tanto para realizar cambios directamente en el código pero sí para poder detectar si se cumplen ciertos requerimientos y verificarlos.
  • Tenemos la experiencia de la web que no es tan alejada al libro electrónico, pues precisamente en los 90 sucedió algo similar en el mundo del marketing, la publicidad y las revistas, al tener que adaptar diseño, tipografía, etc. del mundo papel al mundo del diseño web.
  • Y finalmente una pregunta que se formuló y quedó en el aire y es si debemos plantearnos las convenciones ortotipográficas en su paso del papel al digital: ¿debemos idear nuevas convenciones para nuevos medios y nuevas formas?

Dejémoslo, de momento, ahí.

El experimento ha sido todo un éxito

Hace unos meses me hizo gracia un comentario en un foro en el que un autor autoeditado se quejaba de que cuando su libro era gratuito lo descargaba mucha gente y sin embargo cuando lo vendía no tenía precisamente el mismo éxito. Me hizo gracia el comentario por lo ingenuo, claro, pero en el fondo lo que planteaba ese autor cándidamente era la otra cara de la moneda de lo que la “industria” editorial viene utilizando como argumento hace mucho tiempo: aquello de que todo libro descargado “ilegalmente” es una venta perdida de ese mismo libro, razonamiento que usan de base para hacer esos cálculos disparatados de dinero perdido que aparecen cada cierto tiempo en los titulares de los periódicos. Para estos “industriales” cuando un usuario se descarga un libro que encuentra gratis en la red si no lo hubiera encontrado hubiera ido directamente a una tienda electrónica a comprar el mismo libro en formato digital o bien hubiera ido a la librería más cercana de su casa a comprarlo en papel. El argumento no se sostiene, y ellos lo saben… creo.

Pero se podría demostrar fácilmente. Siempre he pensado algún día hacer un experimento para demostrarlo. El experimento consiste en poner un puestecito (para la cual ya sé que tendría que pedir varios permisos si no quiero acabar con una multa entre otras consecuencias) a la salida de alguna estación de metro con cierto tráfico y regalar a todo el que quisera un ejemplar de, por ejemplo, Aviso de privados y doctrina de cortesanos de Antonio de Guevara, un autor del siglo XVI del que es probable que la mayoría de los transeúntes que pasaran por mi puesto no hubieran oído hablar nunca. El experimento se basa en la hipótesis de que, a pesar de no ser capaces de situar a este autor en el tiempo ni el espacio, los 100 o 200 ejemplares de mi experimento desaparecerían rápidamente porque muchos aceptarían el regalo alegremente. El experimento, por supuesto, costa de una segunda parte, en el que el mismo puesto se colocaría -otra vez, solicitando los permisos oportunos- en otra salida de metro con la similar concurrencia, pero esta vez poniéndole al libro el módico precio de 1 €. Es de suponer que al margen de algún que otro despistado, algún conocedor de la literatura del siglo XVI y algún que otro amante de las gangas o simplemente comprador compulsivo de libros; no conseguiría vender muchos ejemplares. La comparativa entre las “ventas” de un día y otro sería muy desigual.

Como lo de pedir permisos y ponerme a vender o regalar libros en la calle me parecía muy complicado, pensé hacer el experimento a la manera del autor del principio de este cuento. Efectivamente elegí un libro que tampoco de entrada se ofrecía a ser un best-seller y que de hecho había vendido unos pocos ejemplares en los meses que llevaba a la venta, y decidí aprovechar la opción de Amazon de ponerlo gratuito durante un período de tiempo. Así lo hice, y mi libro Cervantes, tras el realismo ideal estuvo en descarga gratuita desde el día 20 al 24 de octubre, y el resultado es este:

27 descargas del libro "Cervantes, tras el realismo ideal" en 5 días de período gratuito.

27 descargas del libro “Cervantes, tras el realismo ideal” en 5 días de período gratuito.

Efectivamente, 27 descargas en 5 días, a una media de unos 5 libros por día. No está mal. Según el planteamiento de los “industriales” del libro, yo habría perdido unos 27 € (el libro se vende a 1,50 y Amazon se quedan con el 35 %). Si hubiera alguna forma de echarle la culpa a alguien y reclamar esos 27 € yo tendría que hacerlo -a ser posible con un enfado monumental, y chillando lo más alto posible- o sería un estúpido. Sin embargo, lo cierto, es que el libro nunca ha vendido 27 ejemplares en 5 días y, si soy sincero, ni la mitad en los meses que lleva a la venta. Pero precisamente si Amazon -que nadie me negará que quiere ganar dinero- utiliza este sistema de promoción de libros es porque tiene la certeza, comprobada, de que la descarga gratuita de un libro en determinados períodos de tiempo, favorece la venta posterior del mismo libro. ¿Qué sentido tendría, si no, el que Amazon “regale” un libro así como así? Pero en cualquier caso lo que el experimento demuestra es que cuando el libro no estaba gratuito no sufrió una avalancha de compras que se corresponda proporcionalmente con las veces que se ha descargado cuando solo estaba al alcance de un clic. Es decir que no hay una relación directa entre las veces que los lectores acceden a libros cuando no les cuestan nada -sea de la forma que sea- y las veces que lo comprarían si no lo hubieran encontrado de forma gratuita.

Bueno, no es mi experimento soñado -el del tenderete a la boca de metro- pero sin duda ha sido todo un éxito. En vez de pensar que he perdido 27 ventas yo sé que he ganado 27 posibles lectores -también sería ingenuo pensar que las 27 personas que se han descargado el libro lo vayan a leer, pero alguno seguro que sí- y es probable que en los próximos días algún lector despistado, algún interesado por la literatura del siglo XVI y algún otro amante de las gangas o simplemente comprador compulsivo de libros, descargue Cervantes, tras el realismo ideal esta vez sí pagando ese euro y medio.

Lectura polémica o una tonta reflexión sobre el libro

Leer un libro es en realidad entablar una batalla. Es cierto que amamos los libros, pero también que luchamos con ellos, quizá como se lucha con un amigo, medio en broma, medio en serio, para ver quién derriba primero al otro y echarse unas risas. Pero es una lucha, luchamos por vencerle, por acabar con él. Precisamente, por eso: por terminarlo. El libro que con sus 600 páginas descansa sobre mi mesilla es un reto, una llamada a entablar el combate, y al final solo puede quedar uno. Por eso la naturaleza del libro como objeto es tan importante. Porque tiene una dimensión física que no podemos obviar y que más allá del contenido, ocupa un espacio real. Su peso nos indica también la densidad de la lectura, su dimensión nos habla de las características del libro, y lo mucho o poco que juntemos los dedos a un lado u otro de la lectura, nos indica cuánto del libro hemos leído y cuándo nos queda por leer. Lo cual no es dato insignificante en la batalla.

El libro electrónico con sus infinitas ventajas -que no vendré aquí a enumerar, harto de hacerlo ya tantas veces-, nunca nos llamará de la misma forma, nunca nos mirará desde la estantería con un reproche por no haberle leído a pesar de haberlo comprado hace ya meses con tanta ilusión. Sentarse en el sofá del salón a mirar el estúpido televisor y sentir cientos de miradas desde la estantería… Esa sensación quizá no la tengamos nunca con el libro electrónico, como tantas otras. Pero claro, estamos hablando de nosotros, lectores impenitentes de más de 40 años que hemos crecido rodeados de libros y sabiendo que esa era la principal y a veces única forma de conocimiento, de entablar conversaciones con seres maravillosos que vivieron cientos o miles de años antes que nosotros hiciéramos nuestro primer pipí. Pretender que sea así con generaciones que han crecido rodeados de pantallas en las que para muchos cabe todo su mundo, es pretender quizá lo imposible.

Los adolescentes enganchados al móvil quizá sufran el mismo amor hacia esas pantallas que nosotros hacia los libros. Quizá el adolescente que siente la vibración de su móvil en el bolsillo y no puede sacarlo, y siente otra más, y sabe que los mensajes se van acumulando, sienta una sensación similar, un remordimiento parecido al que siento yo cuando noto los libros no leídos en los estantes. Quizá en el futuro, cuando algunos de esos chicos tengan nuestra edad y se hayan convertido en grandes lectores -porque a pesar de todo, en el futuro habrá lectores, habrá letraheridos, habrá amantes del libro, como los ha habido siempre porque como decía aquel, con mucho acierto: podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía- sientan esos remordimientos al abrir la aplicación de lectura y ver la imagen de las cubiertas de tantos libros esperando en la cola de lectura.

Pero es cierto que, como también decía aquel otro, todo es lucha, agonía y polémica (por el griego polemós, no por los estúpidas “polémicas” de televisión), y si la lectura en el fondo es una batalla contra el libro, contra el autor, por vencerlo, por terminarlo (aunque a veces es tan bello el combate que odiamos que llegue ese momento final que sin embargo a la vez ansiamos) hay quien quiere ver también una batalla -y además a muerte- entre el libro en papel y el libro digital. Enfrentar ambos modelos como quién pregunta al niño a quién quiere más si a mamá o a papá, no deja de ser, además de estúpido, una crueldad. Pretender que cada nuevo modelo tenga que enterrar necesariamente al anterior es pretender una huida hacia adelante en la que cada tiempo pasado no solo no fue mejor, sino que necesariamente ha tenido que ser peor.

Por suerte, no es así. El libro electrónico no va a acabar con nadie, porque lo que él mata goza de buena salud. Y como también decía Sancho, no hay mayor tontería que dejarse morir sin más ni más, sin que nadie lo mate. Así que el uno por el otro -como también diría, en es este caso mi abuela- la casa sin barrer y ni el libro en papel se muere, ni el electrónico lo mata.

Larga vida al libro, aunque espero rematar esta tarde el tomo que estoy leyendo.

Los partidos del “no”

no

Como hoy es jornada de reflexión os invito a reflexionar sobre nuestra participación en estas o en cualquier elección. Mi reflexión tiene que ver con los que llamaremos partidos del “no”, porque creo que a la hora de elegir a quién votar una buena forma de decidirlo es precisamente descartando a los partidos del “no”. ¿Y quiénes son los partidos del “no”? Pues son aquellos que su principal apuesta es precisamente un “no”. Por ejemplo, el partido en la oposición es casi siempre un partido del “no”, ¿por qué? Porque su apuesta, sus argumentos, sus discursos se centran casi por completo en un enorme “no” al partido que gobierna, es decir, aunque tengan propuestas, casi todas acaban englobadas o tapadas por un enorme “no”.

A su vez, el partido que gobierna, suele basar su estrategia también en un enorme “no”, principalmente un “no” al partido de la oposición con el argumento de “mira lo que hicieron ellos antes”, y generalmente quienes no les votan , suelen votar a otros no por esos otros sino por decirle un enorme “no” al partido que ha estado gobernando, porque es bien sabido que la mayoría de los votos son también votos del “no”, porque no votamos a alguien, sino casi siempre contra alguien.

Luego hay partidos cuyo propio nacimiento como partido surge de un  “no”, son partidos que nacieron para decir “no” a algunas cuestiones muy específicas, así hay partidos que nacen para decir “no” a la independencia de otros, o para decir “no” al terrorismo (como si fuera necesario decir “no” al terrorismo, especialmente cuando ese terrorismo al que hacen referencia ya no existe). Estos partidos son fáciles de distinguir porque aparte de ese enorme “no” todo lo demás que dicen suele coincidir con lo que dice otro gran partido (o más de las veces, pican de aquí y de allí), normalmente, otro gran partido del “no”.

También están los partidos cuya esencia es un gran “no”, son los partidos nacionalistas porque se basan sobre todo en un enorme “no” a seguir formando parte de algo, lo cual es legítimo y estoy completamente de acuerdo en que todo el mundo pueda decidir en cualquier momento decir “no” a formar parte de lo que sea, faltaría más; pero no podemos dejar de encontrar que estos partidos, tienen en su esencia como partido también un enorme “no”.

Por supuesto, los partidos fascistas o llamados de extrema derecha, también se asientan en un enorme “no”, un no al extranjero, un “no” al inmigrante, o en definitiva un “no al otro”. Son pues grandes partidos del “no”.

Y así, podemos ir descartando todos los partidos basados en el “no”… confiando en que, en el descarte, encontremos alguno que se base en algún enorme “sí”. ¿Y si no encuentro ningún partido del “si”? Pues es lo más probable, y en ese caso quizá lo mejor es elegir al que tenga menos “noes” o los tenga más pequeños.

¿Y no sería entonces mejor no votar? Pues no lo creo, porque precisamente no votar, es, sin lugar a dudas; el mayor voto del “no”.