La banalización de la cultura

El carnaval de Roma no es propiamente una fiesta que se le da al pueblo, sino que el pueblo se da a sí mismo.
Johann Wolfgang von Goethe, Viajes en Suiza y en Italia

Como todos los años, en torno al 1 de noviembre, surge el debate de si Halloween es una celebración extranjera importada por el poder del «imperio» estadounidense. Pero, en realidad, lo fundamental, desde mi punto de vista, no es si la fiesta es o no originaria de un determinado territorio u otro, máxime cuando dentro de la cultura occidental la mayoría de las tradiciones convergen en puntos comunes. El problema principal que se manifiesta en celebraciones como Halloween -pero en verdad, en prácticamente todas las celebraciones globalizadas- es la banalización de la cultura, entendida esta en su sentido antropológico.

A lo largo de la historia, la cultura popular ha sido asimilada a la tradición dominante, de forma que siempre ha habido un sustrato de cultura popular que llega hasta nuestros días. Que el carnaval o la propia celebración de la navidad son en el fondo enmascaramiento de tradiciones que se pierden en la noche de los tiempo es algo sabido. Esta cultura popular ha sido asimilada a nuevas tradiciones culturales que pretendían la hegemonía, como es evidente principalmente en la religión católica que asimila prácticamente toda la cultura pagana para no provocar una ruptura con el pueblo que le interesaba atraerse y que claramente iba a seguir celebrando sus fiestas en cualquier caso y al que, por tanto, había que ofrecer un nuevo marco integrador en el ámbito de la nueva religión. Que Jesús viniera a nacer precisamente un 25 de diciembre es una de esas extrañas casualidades que ofrece el azar a quienes escriben oficialmente la historia y que permitió que el pueblo pudiera seguir celebrando sus saturnales, se llamasen ahora como se llamasen.

Pero lo cierto es que estas nuevas tradiciones de alguna u otra forma a lo largo de estos procesos integradores siguen manteniendo en buena medida sus rasgos culturales mientras que en la actualidad la «cultura» dominante que fagocita todas estas tradiciones es precisamente la de la más absoluta banalización de la cultura, unida además a su mercantilización que es precisamente el espíritu de nuestra época.

Cualquiera que haya estudiado mínimamente la cultura popular sabe que bajo formas aparentemente fáciles o superficiales en busca a veces del disfrute -piénsese en el propio carnaval- se esconde siempre una profunda crítica social o incluso una trascendencia pre-existencialista nada desdeñable. Pero en la actualidad todas estas formas populares han sido englutidas por un capitalismo ramplón que solo las utiliza como reclamo en su afán de novedad en el ciclo del año para ofrecer sus productos, atendiendo de esta forma a otro instinto profundamente anclado en el hombre que es el impulso de cambio y de novedad aunque sea dentro de procesos cíclicos.

La cultura se ha banalizado hasta la extenuación. Que se celebre una fiesta de origen celta popularizada por el imperio cultural y económico que representan actualmente los Estados Unidos es quizá menos malo que el hecho de que dicha tradición se haya vaciado de gran parte de su componente cultural para mostrar sobre todo un factor comercial y precisamente homogeneizador en vez de reflexivo y crítico.

Nada hay en Halloween -más allá de determinadas formas externas- distinto de tradiciones similares asentadas hace siglos en España y en otros países occidentales, lo que es nuevo es precisamente su completa desconexión con toda esa tradición, su banalización, su mercantilización y, en definitiva, que la cultura, si es que se puede seguir dándole ese nombre, que hoy hegemoniza y globaliza todo el mundo sea esa que podemos llamar capitalismo, aunque quizá deberíamos referirnos a ella de forma elusiva, como tan a menudo se hace con la figura del maligno.

Si la cultura, como consideran los antropólogos, implica en definitiva un modo de vida, está claro lo peligroso que es esta banalización de la propia cultura porque implica una banalización de nuestro modo de vida. No en vano esta banalización de la cultura ha corrido paralela con otro fenómeno muy importante que es la expropiación del espacio público. No habrá mejor forma de luchar contra ambas que recuperando el espacio público y el espacio de la cultura y, como indica la cita de Goethe que abre este texto, que las fiestas no sea las que se les da al pueblo, sino que vuelvan a ser las que el pueblo se da a sí mismo.

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